La Tienda de las Sonrisas



La calle del centro, una de esas joyas escondidas de la ciudad, descansaba bajo un manto de marcos de madera desgastados y fachadas de piedra que recordaban aquellos tiempos. 

El señor de gabardina se detenía cada tarde ante el mismo escaparate.

A simple vista era un local abandonado, cubierto de polvo y telaraña. Pero para él representaba una ventana a la felicidad más pura.

Cuando su mirada se posaba en el interior, la fresca realidad de la tarde se disolvía. En su mente, el espacio cobraba vida, una cálida luz dorada, transformándose en una tienda de juguetes. El silencio de la calle era sustituido por el bullicio más tierno y espontáneo: risas, frases de los más peques, el murmullo cómplice de los padres compartiendo ese momento de juego y el sonido de juguetes de madera.

El cartel de la tienda de juguetes brillaba con fuerza en su imaginación, recordando una época donde la única preocupación era jugar. 

Era su refugio, un viaje directo a la inocencia de esos tiempos de infancia difuminada en la mitad de la ciudad moderna.

Y cuando la voz de algún transeúnte le devolvía a la realidad, la tienda volvía a quedar vacía, dejándole con una sonrisa y el corazón reconfortado por el eco de aquellas risas infantiles.

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